El periodismo deportivo se muere de nostalgia

No es Ibai, es la obsolescencia de las viejas generaciones

Reconozco que quise esquivar el tema. Que como Maradona en el Mundial del 86 frente a Inglaterra busqué quitarme a cuanto obstáculo se me puso enfrente para llegar a la portería sin perder el balón. Pero fueron muchos los que me pidieron que me subiera a la tendencia. Que hablara de lo que ha pasado con Ibai Llanos y el periodista argentino Gustavo López (si desconoces lo ocurrido, ve a este nota y vuelve a este envío). Que analizara lo que hay detrás de ese choque generacional que a uno, el más viejo, toma por sorpresa, y que a otro, en realidad, lo tiene sin cuidado. Quise evitarlo porque no tendría que sorprender. Porque hace tiempo que ese fenómeno se ha venido dando. Y porque si bien se puede hablar de cambio generacional y de nuevas plataformas, ha de hablarse más bien de un cambio de relación, de una resignificación del deporte, de un nuevo entendimiento del rol del futbolista y de las cuentas o no que debe rendir a los medios. El futbol es siempre así, cuando lo dejas, cuando quieres ignorarlo, te pone la pelota enfrente y entonces no aguantas las ganas de patearla. Aquí voy de nuevo. A hablar del deporte que aún mueve a millones, aunque luche más que nunca por su lugar entre las nuevas generaciones; de los futbolistas que hoy son más celebrities que nunca; y de los periodistas que se oxidan pensando que es la plataforma la que determina su relevancia.

Tanto si hubo un mix de verdad con un ápice de estrategia para montarse del de mayor impacto, que en este caso es el streamer bilbaíno de 26 años, como si fue el reconocimiento de una ignorancia que se hizo pública por parte de López, ha de comprenderse que la primera señal preocupante para los periodistas de vieja generación que desconozcan el porqué de lo que está ocurriendo, que metidos en su día a día hayan sido incapaces de comprender que aunque el código y el entretenimiento han hecho lo suyo para que los futbolistas se alejen, ellos mismos son igualmente responsables de que los jugadores dejaran de prestarse a hacer de Santa Claus en la portada navideña de una revista para en cambio sentarse cómodos desde casa con el que podría ser un amigo cualquiera por el modo en que llevan a cabo una conversación.

A continuación los principales factores que destaco del intercambio de palabras entre Ibai y Gustavo López:

1) Los viejos ya no pueden vivir de la nostalgia: La evolución del mundo ha significado también la batalla generacional de los que fueron tendencia frente a los que ahora lo son. A veces ocurría a partir de un cambio de estilos aunque fuera en las mismas plataformas; otras tantas, sobre todo ante el boom digital, el cambio ha sido más violento, dado que además de los modos de vestir, de cantar y de relacionarse, aparecen nuevos usos y costumbres tecnológicas que sirven como marcadores de lo nuevo y de lo viejo. La respuesta entre los viejos ha sido siempre la nostalgia, el reproche, el pensamiento de que tiempos pasados fueron tiempos mejores. Pero esa postura, la misma que asumió López descartando a Ibai y enalteciendo a sus competidores profesionales de siempre, no va más en un mundo que requiere actualización constante o, para que quede más claro, educación continua, donde Gustavo sí que habría podido (aún podría) hacer algo por el mismo.

Ha pasado más de un año de que iniciara la pandemia. Desde entonces, cientos de conductores de televisión han transmitido desde casa. Tras el costo de adaptación inicial, se ha normalizado la emisión de mesas de análisis con cada uno de sus integrantes participando vía remota. En este lapso, lo digo como muestra de la poca ambición que en lo general han mostrado las viejas generaciones para adaptarse a lo nuevo, son pocos los que tuvieron la visión de armar un set que fuera atractivo para la audiencia. Salvo por algunos que atinaron a poner algunos libros o souvenirs, el resto no se preocupó porque el fondo de su set se viera bien iluminado, porque atrapara la atención de la audiencia o por desmarcarse del resto. Más de un año después del encierro en casa, talentos que perciben sueldos que para un streamer en sus comienzos podrían resultar inimaginables, no se dignaron a invertir en verse bien para el público, en atraer por algo más que sus opiniones, muy parecidas, por cierto, a las de cualquier aficionado en cualquier conversación. Si la televisión, lo digo como ejemplo general no como referencia directa a López, es más relevante que Twitch, ¿no merece la audiencia sets más dignos que una webcam de baja calidad con muebles y fondos cualquiera?

En una plática reciente con el chileno Nicolás Copano, en episodio que podrán escuchar la próxima semana, él me compartía la inversión que realizó para montar su estudio en Twitch. Tiene 34 años. Ha sido parte de medios de comunicación establecidos, pero también un explorador digital. Es, en cierto modo, como lo soy yo a los 37, un tanto viejo para digital, pero nuestra edad no avala ni que nos declaremos incompetentes para contar historias en nuevas plataformas ni que esté justificado que ignoremos lo que está ocurriendo, dado que antes de saber de futbol, de información general o de cultura, hemos de saber de periodismo, de comunicación, de lo que está ocurriendo con nuestra industria. Los periodistas hemos de ser especialistas en medios, en periodismo, en creación de contenidos, en monetización, no solo en ver partidos de futbol o en leer y entender bien las noticias.

El reproche a lo nuevo es comprensible mas no justificable. Antes el viejo podía vivir de la nostalgia porque sus años de experiencia le garantizaban un lugar. Entre más años tenías, a más sueldo aspirabas. Y entonces, aunque de a poco los jóvenes fueran percatándose de tu obsolescencia, tú podías quejarte de ellos, de sus usos, vicios y costumbres, porque tenías garantizada tu supervivencia por haber sido alguien que había recorrido ese camino que estaba blindado por los logros alcanzados a lo largo del tiempo. El cambio no es menor. Ahora el joven puede ganar lo mismo que alguien con treinta años de trayectoria sin pasarse por una oficina y sin firmar un contrato que lo convierta en trabajador. La nostalgia que se viste de molestia y desdén por lo nuevo no significa más que el anticipo del ocaso que vendrá para ese que dice no comprender el nuevo mundo.

2) El futbol es cada vez menos futbol: con Ibai los futbolistas hablan más bien poco del deporte que practican. Mencionan por ahí alguna generalidad o anécdota, comparten algunos detalles de su relación con su técnico o compañeros, pero en el fondo carece de interés encontrar la aguja en el pajar para generar escándalo y entonces ser reconocido por otros medios de comunicación por ser el periodista que se ha llevado la declaración que todos querían, ya fuera por las buenas, o por las malas, que es cuando se cruza al entrevistado y se aprovecha cualquier oportunidad de malinterpretar lo dicho para alinearlo a nuestros intereses.

El marketing deportivo señala que un equipo debe concentrarse en vender emociones, propósitos e ideologías más que resultados. Lo mismo pasa con los futbolistas. Si la construcción de sus marcas antes pasaba por destacar en la cancha y ser elogiados por periodistas y medios de comunicación para que estos se encargaran de convertirlos en ídolos, ahora entienden que lo que hacen en la cancha trasciende, pero también, dado que ya no es su único punto de contacto, que compartir sus gustos, su vida, su humor, su disciplina, su estilo de vida y hasta sus relaciones amorosas termina creando seguidores tan leales que estarán ahí incluso si el equipo deja escapar la oportunidad de ganar un título.

Los medios deportivos venden una narrativa vieja para un deporte que demanda renovación. El modelo de negocios tiene mucho que ver en el divorcio. Mientras los medios viven de la nota y polémica del momento dado que fundamentan su propuesta en la visceralidad del alcance, los futbolistas viven de su comunidad (sus fanáticos) que habilitan que una marca los considere lo suficientemente influyentes en determinado sector para que sean embajadores de la misma.

Al Chicharito Hernández, por ejemplo, hoy los medios vuelven a elogiarlo. Hablan de su resurrección, de lo bien que lo ha hecho en el comienzo de la nueva temporada de la MLS. Pero de acuerdo a los mismos medios hace unos meses, la carrera de Hernández estaba acabada. Los que siempre estuvieron ahí fueron sus seguidores en redes sociales, los que por cierto pudieron ser testigos constantes del proceso de preparación de Hernández para estar de regreso dado que el propio futbolista compartía sus sesiones de entrenamiento e imágenes de su estado físico con una serie de reflexiones que acompañaban el reconocimiento de la deuda que tenía consigo mismo y sus deseos de revancha.

Los medios, por su naturaleza misma, limitada en tiempos, espacios y prioridades, no cuentan la historia completa de un futbolista. Ellos mismos lo hacen mejor. Y si no, platican con Ibai para reflexionar sobre la vida como si estuvieran con un amigo cualquiera, uno que por cierto no lo tratará como a un presunto culpable en un tribunal.

El futbol y el deporte profesional en general, guste o no, será cada vez más semejante a la WWE. Llámenle Sportainment, llámenle el futbolista nivel celebrity. Llámenle como quieran. Hoy la gente se enamora de los futbolistas por lo que son dentro y fuera de la cancha. Y no, el valor que tienen, no pasa únicamente por si nos gusta o no lo que hacen en ella. Si aún dudan, revisen este envío que hice sobre Triller Fight Club y cómo la calidad de boxeo tampoco es lo más relevante para la industria del boxeo, de ahí que el show previo, que las narraciones y todo lo que esté alrededor termine significando el éxito o fracaso.

El medio de comunicación despierta pensando qué nuevo escándalo revelar o inventar dado que tiene que cumplir con la cuota de rating o visitas del día. El futbolista, en cambio, despierta con una base de seguidores que lo acompañaran en su día a día. Y si hablamos de Ibai, otra vez por modelo de negocios y por naturaleza de producto, él es más como un futbolista con su comunidad que como un periodista con su urgencia de alcance.

3) Los medios son stakeholders del deporte : la percepción que se tiene del deporte como producto termina impactando de forma directa a los propios medios de comunicación deportivos. Los medios no pueden abstraerse de su responsabilidad en el moldeado de la percepción de los aficionados respecto a una competencia particular.

En distintas pláticas con gente como el propio Ariel Tiferes y Richard Ried, vicepresidente de Buzzfeed y Director de Buzzfeed Studios, coincidimos al apuntar que el futbol está enfermo, que quizás la Superliga no era la medicina que se necesitaba, pero que sí que hacía falta hacer algo para que la gente siguiera enamorándose del espectáculo en la cancha y, de paso, extendiendo su relación con sus principales referentes.

Con frecuencia, los medios incurren en una contradicción. La recepción dada a la Superliga fue una de ellas dado que criticaron que se pretendiera hacer lo que en la práctica ellos viven haciendo, que es dar toda la atención a los equipos de siempre e ignorar a los de mediano y bajo nivel. La Superliga pretendía resolver, aunque con torpeza, aquello de lo que todos nos quejamos, incluyendo los medios, que no paran de cuestionar la calidad de competencias que no sean la Champions o el Mundial, y eso en fases cada vez más avanzadas.

Si los medios son incapaces de asumir que son parte de los factores que afectan la percepción del producto, será natural que el resto de los stakeholders se alejen de ellos. Carece de sentido hablar, interactuar y alimentar el día a día de medios que a veces te critican con razón, pero que otras tantas lo hacen por sistema.

4) Son colaboraciones, no comparecencias:

La fórmula que fusiona en un mismo stream a Ibai con Dybala o a Ibai con Agüero no es la de un entrevistador con un entrevistado. Tampoco es la de un periodista con ganas de sacarle sangre a un futbolista. Es la de dos marcas personales que saben que obtendrán el beneficio de compartir un espacio. Es una colaboración, no es una comparecencia.

Ibai más un futbolista referente es el equivalente a las colaboraciones de Disney con Adidas o a las de Crocs con KFC. Ambas partes tienen audiencias que se intersectan. Ambas se sienten atraídas por la otra. Ambas respetarán al otro no desde una visión de superioridad, sino desde el entendido de que ambos están ahí por voluntad y que al final de la plática, ambos tendrán sus audiencias inmaculadas, habrán sumado algunas nuevas voluntades y seguirán con su vida sin que minutos más tarde estalle en su contra un escándalo por una frase al aire que sacada de texto puede quebrar la unión de vestidor.

Se entiende que el periodista de información general llame a políticos a la rendición de cuentas, que se cuestione con dureza a las autoridades sobre el manejo de la pandemia o que se den a conocer documentos que revelan los más grotescos actos de corrupción, lo que no debe seguir ocurriendo es que se pretenda que el futbolista participe de una dinámica en la que se le destroza cada que comparece frente a un micrófono. Es entretenimiento, es un juego, no es ni siquiera el futuro de toda una liga o un manejo turbio en las finanzas de clubes para evadir impuestos.

El futbolista estará donde se sienta cómodo. El problema para López y para otros periodistas es que de seguir con el mismo discurso no lo conseguirán ni por la vía orgánica, que para los futbolistas es Twitch o YouTube, ni por la vía pagada, en cuyo caso tendrán enfrente a un futbolista rígido, que no disfruta estar ahí, que no conversa, que está a la defensiva.

Si los periodistas quieren volver a hablar con los futbolistas, antes deberán ser capaces de hablar entre sí, lo que parece difícil cuando la encomienda es montar un show de polémica prefabricada que aún en la ficción encierra ofensas que después técnicos y futbolistas no perdonan.

Aunque a López no le guste, no olvidemos, que muy pronto todos narraremos el Mundial.