La otra desinformación: de las fake news a las fake opinions

La opinión publicada no por fuerza representa ni el sentir de este medio ni el del autor, puede ser una postura falsa o extrema con tal de subirse a una tendencia

Storybakers:

La afectación se ha producido en dos bandas para el periodismo. Primero, dejamos de tener el qué (información) más confiable a ojos de una audiencia que cansada de nuestras propias imprecisiones optó por cada vez creer más en los creadores independientes que en los medios corporativos. Después, extremamos nuestras propias opiniones hasta convertirlas en una rara e indescifrable combinación que en ocasiones atiende a nuestro sentir auténtico y en otras tantas corresponde a una versión extrema, e incluso contraria a nuestra verdadera convicción, con tal de ceñirse al termómetro social que premiará en alcance las posturas extremas y la continuidad narrativa que tiene claro lo que debe pensarse y no pensarse dependiendo los colores o ideologías que se hayan decidido adoptar, ya sea por convicción o por mera estrategia de marketing.

Las fake news, convengamos, tienen distintas formas de gestarse. Existe la información malintencionada de raíz que en ningún momento buscó ceñirse a la verdad ni a la verificación de hechos. Atiende a los intereses de un tercero. Busca generar determinada acción o pensamiento en la audiencia que lo consuma. Pero también están las fake news involuntarias, donde la falta de verificación ante la escasez de presupuesto, tiempo y recursos humanos lleva a que un medio o a que cualquier creador propaguen información falsa confiando en que eso que recibieron de otra fuente ha ocurrido en realidad.

Ambas formas de fake news son nocivas, ambas contribuyen a dinamitar la percepción que la sociedad tiene del periodismo, pero si se trata de emitir juicios queda claro que hay sus diferencias entre desinformar con toda la intención de así hacerlo y desinformar a partir de una falta de pulcritud en nuestras dinámicas de verificación, si es que la tenemos.

Aunque en la propagación de fake news juegan todos, medios, creadores e incluso lectores pasivos que no hacen más que compartir, el golpe de credibilidad impacta con mayor violencia en la industria de los medios de comunicación, que son a final de cuentas los que por su compromiso nativo con el periodismo tendrían que fungir como filtros máximos de confianza entre la información que una persona encuentra y aquella en la que confía. En la práctica no ha sido así, el producto más elemental de un medio de comunicación que es la noticia se ha convertido en objeto de sospecha permanente, el producto históricamente estrella de los medios vive en tela de juicio, lo que, paradoja de por medio, contribuye a que desde los publishers se genere una narrativa que habla de la necesidad de pagar como reconocimiento al buen periodismo, pero al mismo tiempo que sea lo que provoca que mucha gente se lo piense dos veces antes de pagar una suscripción. ¿En verdad lo que no hiciste en años de gratuidad lo cambiarás sólo por ahora ser de paga?, se preguntan los lectores ante el lavado de cara al que los medios afirman someterse una vez que habilitan un muro de pago. El problema en la mayoría de los casos, como he dicho en un envío anterior, no es si se implementa ese paywall, sino que nuestro producto no goce ni por antecedentes ni por calidad de lo que se requiere para triunfar en un entorno en que el primer pensamiento de cualquiera es la sospecha de que algo podría estar mal en los contenidos que le están siendo presentados.

De la información, bajo sospecha de por sí, se derivan dos elementos que pueden operar de forma independiente o conjunta: la opinión y la contextualización. Esas dos capas que siguen a la exposición del qué juegan un rol cada vez más relevante en la oferta y utilidad de los medios de comunicación. Desde mi perspectiva,. una correcta contextualización, en el entendido de que la objetividad es una utopía, incluirá una opinión y perspectiva, garantizada desde el hecho mismo de que para aportar ese contexto se requiere de una curaduría. Lo que no siempre ocurre es que opere a la inversa, es decir, que la opinión ofrezca una contextualización (argumentación), sobre todo cuando ésta cada vez más deja de producirse desde los propios medios en forma de columnas para ser vista como la emisión de un punto de vista en los doscientos ochenta caracteres de Twitter.

La contextualización podría ser considerada como una forma evolucionada de emitir una opinión. Los newsletters, de los que apenas ayer realicé una radiografía sobre su rol como pilar de la reinvención de la industria de medios, suelen presentar un punto de vista guiado por una persona que se asume con autoridad en un tema determinado que se apoya de datos y hechos probados sobre los que no sólo escribirá, sino que también referenciará tanto como una invitación a que el lector profundice en su entendimiento de un tema como a manera de crédito y reconocimiento a todas aquellas fuentes que inspiraron la realización de ese envío. Se construye así una apuesta por el por qué, necesidad primaria para los lectores ante la abundancia del qué.

La opinión, en cambio, aunque debiera siempre ir acompañada de argumentos para sostenerse, entrega su nivel de profundidad a la plataforma en que se publica y a la conveniencia o no de dar contexto ante lo que ello implica en redes en las que los negros y blancos funcionan mejor que el análisis desde los grises. Esta realidad impacta con mayor violencia en las que predomina el periodismo de camiseta, el periodismo de personajes o el periodismo de filiación política.


La desconfianza como una de las causas principales de la crisis de medios

En Panmedials, los medios de la pandemia, exploro las consecuencias que la desconfianza hacia los medios ha provocado en su posicionamiento ante los lectores. Si el periodismo que tendría que ser el máximo bastión de la verificación de información fracasa, poco nos queda para diferenciarnos de cualquier creador de contenidos.

Adquiere aquí la versión física e impresa de Panmedials.


¿De qué modo el periodismo de personaje y el periodismo de camiseta impulsan las fake opinions?

El modo en que los medios de comunicación cubren el deporte y la política sirven como principales referentes de esta argumentación. En ambos casos, a partir de tribus que esperan consumir información y opiniones hacia un extremo u otro, periodistas y presentadores han optado por sistematizar su opinión ante lo que sea que se presente. Vamos, en primera instancia al modo en que podríamos definir el periodismo de camiseta o periodismo de personaje.

Periodismo de camiseta: aquel periodista, sobre todo deportivo, que decide presentarse como un fanático incondicional de un equipo y/o como un hater a muerte de algún equipo y/o jugador. Con sus pequeñas variaciones, ese periodismo ha llegado también a la política.

Periodismo de personaje:
semejante al periodismo de camiseta, pero se fundamenta en el nivel histriónico que alcanza para llamar la atención a costa de lo que sea, incluso de su credibilidad como periodista. No tienen empacho en reconocerse como tal, y asumen que dado que su principal función es entretener, no tienen la necesidad de estar apegados a los hechos.

Analicemos a continuación las características de este tipo de periodismo:

-Identificación de un enemigo (objeto de ataque): la narrativa de estos periodistas/presentadores, sobre todo en redes sociales, se construye a partir de la reiteración en la crítica a determinado opositor, ya sea un equipo de futbol, una persona en particular o una institución política.

Conforme su audiencia crece, esa narrativa se extrema. O eso o poner paños fríos a un fuego que él mismo ha encendido y que ahora no quiere apagar dado que eso le ha significado relevancia en un sector que además comparte esas filias y fobias, por lo que se ha de gritar cada vez más fuerte y se ha de hacer con cada vez más encono y violencia.

-Opiniones algorítmicas antes que opiniones de convicción: cuando esa base de seguidores se hace grande, ese periodista personaje o ese periodista de camiseta ya no atiende, por fuerza, sus convicciones, sino que se monta en todas las oportunidades que se le presentan para hablar bien o mal según convenga a las tendencias que en combinación con los algoritmos, que también se manejan desde los extremos como lo valida el análisis que hicimos sobre el modo en que Facebook abrazaba las historias de odio durante la negativa de Donald Trump a aceptar su derrota electoral ante Joe Biden.

-Las opiniones van del juicio profesional a la descalificación personal: dado que se ha creado un cóctel molotov que no para de agregar seguidores, ese equipo, institución o persona que está siendo cubierto por el periodista personaje o de camiseta será objeto de cada vez más violentos ataques, ya no sólo pasando por aquello que corresponde a su actividad profesional, sino también a aspectos que van más allá de lo informativo para meterse a la emisión de juicios de valor que corren el riesgo de afectar la vida, la estabilidad y la integridad de una persona mucho más allá de lo que el buen periodismo señala como sus alcances.

-Se alimenta de los likes, pero también y sobre todo del hate: un periodista de camiseta suele fundamentar su impacto en el número de personas que lo apoyan, pero sobre todo en el número de personas que reaccionan furiosas ante lo que se está publicando. Se convierten, por tanto, en emisores de mensajes que lo que pretenden es no tanto encontrar un acuerdo común, que sí que se podría incluso cuestionando de forma moderada o equilibrada a quien o quienes hayan cometido una equivocación, sino incendiar las redes para convertirse en tendencia y así poder provocar que se hable de él y que nuevos followers y haters se sumen a la mezcla.

-Entretenimiento antes que periodismo: algunos lo reconocen públicamente, otros se limitan a decir que forma parte de su personalidad. El deporte, en lo particular, es un entretenimiento, por tanto, quienes informan sobre él suelen adjudicarse licencias para tratarlo como tal cuando conviene y como un asunto de seguridad nacional cuando resulta más conveniente hacerlo así.

El problema es que ese entretenimiento con frecuencia termina en una violencia que va mucho más allá la polémica sobre si era penal o no o sobre si un técnico debió alinear a tal o cual jugador. Para cuando llega ese momento de opinar sobre un tema que de la cancha, por seguir en el ámbito deportivo, impacta en la vida de una persona, resulta imposible distinguir si esa opinión con consecuencias que escapan al juicio estrictamente deportivo (de entretenimiento, dado que el juego termina en cuanto se escucha el silbatazo final) continúa haciéndose desde el periodismo de personaje o de camiseta o si de verdad estamos leyendo o escuchando una opinión que se produce desde la convicción antes que desde la conveniencia.

*Muy pronto los medios tendrán que sumar a las ya conocidas letras pequeñas en que se deslindan de lo que un autor publica, habrán de sumar lo que sigue:

La opinión publicada no por fuerza representa ni el sentir de este medio ni el del autor, puede ser una postura falsa o extrema con tal de subirse a una tendencia


¿Cuáles son las consecuencias de las fake opinions?

Vamos primero a la definición que les atribuyo:

Opiniones emitidas no a partir de los hechos ni de las convicciones de quien las emite, sino a través de extremos y posturas preestablecidas que al haber sido activadas de forma tan recurrente, imposibilitan que la audiencia tenga la certeza de si aquello que se está diciendo forma parte de una interpretación o de la emisión de un punto de vista de real sobre un suceso relevante para el lector

Ahora, a las consecuencias:

-La ficción del emisor influye en la realidad de la audiencia: una opinión exacerbada, aunque artificial e histriónica por parte de quien la emite, lleva a que esa actuación tenga reflejo real en la actitud de una audiencia que juzgará a un profesional o persona en niveles tan explosivos como la retórica misma que montan las fake opinions.

Asumiendo que el periodista de camiseta entiende las consecuencias y que en cualquier momento puede apagar el fervor con el que cuestiona la vida deportiva, o incluso personal de un deportista, nada garantiza que esa misma certeza se dé en quienes lo están consumiendo.

Incluso cuando se trata de juicios a nivel de cancha (e insisto en que también aplica para la política aunque sus implicaciones y fundamentos tengan variaciones), una persona, llámese entrenador o futbolista, puede ver afectado su trabajo por el nivel de visceralidad con que es cubierto desde los medios.

Quizás un periodista de camiseta termina de tuitear o de grabar un programa y de inmediato sonríe por el show que ha montado, el resultado en la audiencia no por fuerza es así, lo que me lleva al segundo punto.

-La audiencia puede no entender que está ante un periodismo de camiseta o personaje: hace tiempo se afirmaba que las fake news no terminarían proliferando porque la audiencia tendría la capacidad de decidir por sí misma si aquello era real o no, abundan pruebas de que no es así, lo que ha llevado a que distintos países y organizaciones internacionales impulsen la alfabetización mediática e informacional como una prioridad en sus sistemas educativos para los próximos años.

Lo mismo ocurre con las fake opinions. No porque un periodista o presentador de este tipo salga a decir en determinados podcasts o entrevistas que lo suyo es un montaje para entretener, la gente lo asumirá como tal. Si en un show de comedia se entiende que se trata de reírse, e incluso ahí se dan cancelaciones a quien hace las bromas por atentar contra aquellos que son objeto de burla, en un programa de análisis, en una cuenta de twitter de un periodista o en una columna, la audiencia no tiene por qué estar predispuesta ni consciente de que lo que va a ver sea un montaje, aunque para muchos resulte evidente.

El mensaje promovido por periodistas de camiseta sería inofensivo de no ser porque tiene la capacidad de permear como sustancia y raíz de nuevos pensamientos en una audiencia que así irá extremando sus juicios sobre gente que, como los periodistas mismos, está interesada en conversar su trabajo y en que su actividad profesional y personal sean tratadas bajo un marco de respeto, lo que lleva a la tercera gran consecuencia.

-La fuente se divorcia de los medios: ante un show de comedia puede existir la voluntad del afectado para reírse de lo que se está diciendo de él, pero en el deporte, dado que no se produce un empaquetamiento como tal en la presentación de dichos programas, lo único que termina provocándose es el encono y la rabia de futbolistas, directivos, técnicos e incluso aficionados que optan por otro camino, dado que se sienten bajo ataque constante.

El periodismo de camiseta/personaje no tiene forma de activar y desactivar un botón que señale cuándo está activada la fantasía y cuándo están activados los análisis serios, hechos a partir de la convicción más que del fuego del engagement a costa de lo que sea.

Lo serio juega con lo banal. Se le trata de la misma forma. Todo cabe dentro de esa licuadora que explota emociones sin ponerse a pensar en que esos que están siendo juzgados viven una realidad con consecuencias que escapan de ese entretenimiento que decimos procurar.

Las fake opinions complementan una pinza muy dolorosa y arriesgada para los medios. Ya la gente desconfía de lo que le informamos, si también desconfía de lo que opinamos, no nos quedará nada.


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