Las redes sociales como medios frente a Donald Trump

El límite que cambia para siempre la relación de las redes con la clase política

“La televisión es diferente a las redes sociales, ahí siempre se ha podido decidir qué es lo que se transmite y qué no”, me respondió Cristina Tardáguila, Directora Adjunta de la International Fact Checking Network cuando le pregunté su opinión sobre el hecho de que ABC, CBS y NBC suspendieran la emisión del mensaje en que Donald Trump aseguraba haber sido víctima de fraude por considerar que el presidente de Estados Unidos estaba faltando a la verdad. Me quedé, lo confieso, en parte inconforme. Se trataba, en mi perspectiva, del hombre elegido democráticamente por los ciudadanos de Estados Unidos y del desenlace de una batalla en que debía escucharse a las dos partes, darles una oportunidad por igual de hablar con sus votantes y de hacer saber su sentir a la ciudadanía. Cristina me enfatizó que ese debía ser el camino a seguir por los medios de comunicación en su relación con Trump. Y hoy, tras vivir la irrupción violenta en el Capitolio promovida desde la Casa Blanca, pero sobre todo alimentada desde las redes sociales, no puedo más que estar de acuerdo. Pero añadiría en que la suspensión de las cuentas de Trump representan la vez en que con mayor contundencia Facebook, Twitter y Snapchat se han aceptado y han actuado como medios de comunicación, y que entendiéndose como ellos, han decidido actuar y filtrar lo que puede publicarse y lo que no en sus plataformas.

El modo de hacerlo parece distinto, pero en el fondo podemos concluir lo que siempre se ha sabido aunque las plataformas sociales se han cansado de negarlo: son medios de comunicación en toda forma. Lo explico a continuación:

-Distribuyen contenido de terceros: Por su poder de distribución, no actúan como creadores de contenido, sino que emiten el contenido de otros, lo que si se piensa no es tan distinto a la contratación que en su momento hacían los medios de comunicación de agencias y columnistas que al firmar sus artículos o contenidos en general deslindaban al medio sobre cualquier consecuencia que pudiera tener la información u opinión ahí emitida.

Si bien no aparece al final de cada posteo una leyenda que indique que las plataformas se deslindan de lo expuesto por el creador de ese contenido, se asume que lo que postea cualquier persona no representa la visión de la red social en que se ha publicado

-Principios editoriales: pese a esa libertad que los medios otorgan a columnistas para expresar su opinión a título personal, se entiende que existen límites que una publicación no estará dispuesta a rebasar, es decir, que aunque un autor tenga independencia para elegir el tema del que quiere escribir y el estilo con que lo hace, cada medio cuenta con la potestad de elegir si aquello que se está generando es o no susceptible de publicación a partir de su manual de estilo, de su modelo editorial y de valores universales que todo buen medio tendría que perseguir, como los de la inclusión, el respeto a la privacidad, el apego a los valores democráticos y en términos generales toda aquella causa y premisa que se decida abrazar.

Desde su concepción, el significado del término medio de comunicación refiere a una intermediación entre un emisor y un receptor. Se insiste en que la era digital ha eliminado a los gatekeepers, entendidos estos como las editoriales que ya no pueden elegir quién publica un libro y quién no pero también como los medios que se quedaron sin autoridad para decidir quién era apto para publicar y quién no. Y sí, en cierto modo se anuló el papel de los intermediarios que conocíamos, pero se originó una nueva especie de intermediarios: la de las plataformas tecnológicas que a través de sus algoritmos, de sus políticas y de sus decisiones puede limitar, reducir, anular o hacer crecer el alcance de un contenido. El intermediario sigue. Ya no en la facultad o no de hacer, sí en la facultad o no de impactar.

En este contexto de intermediación, las plataformas garantizan independencia, pero construyen marcos de acción sobre los que nos podemos mover. Y si bien no presentan modelos editoriales como los que en teoría tienen los medios, siempre han estado presentes valores universales para garantizar que el contenido cumpla con ciertas normativas, como las tienen los medios de comunicación.

Si incumples estas políticas, estás fuera, te reduzco el alcance o te mando a la página 125 donde nadie te va a leer. Las redes y los medios, insisto, no son tan diferentes.

-Búsqueda de relevancia: un medio de comunicación, como una plataforma tecnológica, busca presentar contenido relevante, ya sea por la influencia del emisor, por la oportunidad de los contenidos expuestos o por su empaquetamiento.

Un periódico gratuito, para ponernos en el contexto de las redes sociales, presenta algunos contenidos estelares y muchos otros que carecen de calidad pero que contribuyen a presentar un producto más amplio. Las redes, en esa gratuidad que sustituyen con alcance para que entonces los anunciantes lleguen, también comprenden que deben promover contenido atractivo, pero también tener a los que publican sin aspirar a una gran audiencia. Aunque limitado en espacio, el periódico gratuito tiene creadores de clase A, B y C, como también las plataformas, aunque en ellas se les considere influencers, microinfluencers y usuarios sin mayor trascendencia.

Se entiende entonces que tener al presidente de Estados Unidos resultara atractivo para Twitter, para Facebook o para cualquier otra red. Tener a los mejores creadores de contenido, ya sea por su influencia, por su status o por su calidad, ha sido siempre una llave de éxito para los medios de comunicación y para las plataformas.

A estos tres componentes clave para entender que las plataformas sociales son medios de comunicación, habrá que sumar uno que termina de redondear este círculo que lleva a sugerir un cambio en la respuesta que me dio Cristina Tardáguila: la contextualización.

En la televisión y en los medios, como ella me lo comentó, siempre ha estado no solo la opción de elegir qué se publica y qué no, sino también la de aportar referencias para que una audiencia no se quede con la simple consignación de lo que una figura pública diga, que es el equivalente a lo que Donald Trump y cualquier otro político publica, sino que reciba el contexto adecuado para comprender en qué marco se están dando estas declaraciones y lo que indican los datos con respecto a eso que se está mencionando.

Este punto es para los medios el más debatible de todos. Dado que la construcción de un contexto pasa por decisiones editoriales, éstas terminan fortaleciendo o debilitando a placer el impacto que el hecho consignado pueda tener. La diferencia entre un medio alineado al gobierno y uno de oposición no pasa tanto por lo que dice una fuente, sino por el modo en que se presenta lo que ésta dijo. Así, exactamente la misma frase puede tener tanto connotaciones positivas como negativas a partir del contexto que se le dé, de la elección de los datos, de la narrativa que se genere. Los dichos y los datos siempre están sujetos a interpretaciones. Y ahí los medios han perdido la confianza de la audiencia.

Twitter y Facebook se abstuvieron de contextualizar durante mucho tiempo, pero ahora han empezado a hacerlo, como lo hace cualquier medio de comunicación. Aquí una muestra del modo en que Twitter lo ha hecho con los distintos posteos de Donald Trump.

Twitter está actuando como un medio de comunicación. Menciona fuentes, a las que por ende termina avalando, presenta un hecho y lo desglosa. Facebook hace tiempo que utiliza verificadores, como los tiene o debería tenerlos, cualquier medio de comunicación.

¿Debemos temerle a la censura de Facebook y Twitter?

En estricto sentido, tanto como a la que cualquier medio de comunicación puede ejercer en aras del cumplimiento a su modelo editorial. El alcance no es el mismo, los métodos son semejantes. Pero así como ha de cuestionarse el poder que se entrega a las redes sociales al convertirse en árbitros de lo que se publica, como los medios, ha de señalarse que éstas, a diferencia de los medios, tienen frente a sí la enorme posibilidad de utilizar múltiples fuentes y parámetros para decidir lo que debe ir y lo que no en un ejercicio de verificación de datos o de contextualización.

Con tecnología y con los creadores de contenido volcando sus piezas dentro de las plataformas, es natural concluir que las redes tienen un abanico de contextualización más poderoso que el de cualquier modo y que si bien sus interpretaciones seguirán cayendo en la subjetividad, como ocurre con cualquier medio, habrá una gran maquinaría de fuentes y recursos para informar con menos sesgos que lo que hará un medio de comunicación.

Si hoy los simpatizantes de Donald Trump están molestos con las redes sociales, no es distinto a las descalificaciones que esos mismos manifiestan frente a lo que publican medios de comunicación que no comparten su visión. La batalla de la verificación y contextualización nunca alcanzará la unanimidad, pero al menos las redes tienen múltiples gatillos para respaldarse en marcas mediáticas de renombre y en fuentes oficiales.

Trump vuelve a ser un parteaguas. Revivió a Twitter. Instauró una forma de gobierno desde las redes sociales. Se valió de ellas para llegar a la presidencia. Y ahora también provocó que se hiciera evidente una realidad que las plataformas sociales no querían aceptar: son medios de comunicación.

La próxima vez que platique con Cristina Tardáguila es posible que deba hacer un cambio y que en vez de hablar de una diferencia entre las redes sociales y la televisión o los medios de comunicación, debamos hablar de que siempre una plataforma (o un medio) ha tenido la potestad de elgir qué se publica y qué no, ya sea porque viola valores universales o porque transgrede modelos editoriales. Como lo hizo Trump llamando al golpe de estado.