¡Se compran creadores de contenido!

Los inversionistas quieren apoderarse de tu vida creativa

Storybakers:

El periodismo más luminoso suele surgir en medio de la oscuridad. Ahí donde impera la censura, la violencia y los atentados frente a la libertad de expresión, suelen aparecer auténticos Clark Kents que en vez de requerir una capa para convertirse en superhéroes, se valen de su pluma, de su astucia y de su capacidad para entregar información que tarde o temprano, cuando las circunstancias por fin abran un resquicio a punta de insistencia, derivarán en una mejor realidad para sus lectores y para la sociedad de un sitio particular.

Si quieren profundizar en ese rincón alejado de la ostentosidad de los medios que se valúan en millones, les recomiendo escuchar mi plática con César Batiz, Fundador y Director de El Pitazo, medio venezolano que reúne a un grupo de periodistas con presencia en 24 provincias del país y con 11 formas distintas de distribuir contenidos, entre las que se encuentra el periodismo performático, ese que se genera por medio de obras de teatro y presentaciones en público, ese que carece de escala, pero que sí que goza del impacto profundo del contacto directo con la audiencia.

Escuchar a César Batiz


El creador es el producto. La democratización de la publicación de contenidos ha derivado también en que hoy cualquiera sea susceptible de asemejarse a una figura pública que tras de sí encuentra inversionistas, patrocinadores, fanáticos y promotores que respaldan su trabajo.

Los titulares que siempre han estado dedicados a las empresas son cada vez más recurrentes para las personas. Es Elon Musk como actor clave de la cotización de Bitcoin. Es Jay-Z entrando al club de los mil millones de dólares en fortuna tras la venta de Tidal a Twitter. Es una youtuber creando su propia línea de cosméticos, lanzando un NFT o protagonizando su propio videojuego. Son las empresas que sin siquiera haber presentado un producto ya cuentan con el éxito garantizado dado que el marketing es heredado por la persona que lo firma.

Si ya antes se decía que el marketing es capaz de convertir un producto regular en uno de posicionamiento extraordinario (Apple, por ejemplo), ahora hemos de decir que los individuos son capaces de transformar un producto regular en una inversión garantizada a partir de que la gente acabará comprando sus productos no por necesidad, sino por fanatismo. Resueltas las necesidades básicas, todo lo que está alrededor puede ser capturado por creadores de contenido que han construido su base apasionada de seguidores.

En este contexto, la Creator Economy consolida una oportunidad que está a la vista de todos: apoderarse de la vida creativa de una persona. Como con las empresas, hacerlo cuando ya está consolidada representará un costo elevado; descubrir a esa persona cuando es aún una promesa, representará un riesgo de fracaso mayor pero a menor costo.

La mayor oportunidad no está entre los creadores ya consolidados sino en los que van en ascenso. Frente a la incertidumbre que al día de hoy generan las distintas avenidas de monetización habilitadas por las redes sociales emerge la posibilidad de construir un ecosistema de capital semilla para emprendedores del contenido que pretendan edificar un negocio a partir de su persona.

A continuación algunas aplicaciones, posibilidades e interrogantes que vislumbro en el camino:

-Inversión anticipada por obra específica: Substack ha encendido el tema con el pago por anticipado a determinados escritores para publicar de forma regular dentro de la plataforma. Matt Yglesias, ex integrante de Vox, recibió 250 mil dólares además del 15% de las suscripciones que generara. Para el segundo año, Iglesias se quedará, como el resto de los escritores en Substack que no forman parte del programa, con un 90% de los ingresos y entregará el 10% a la plataforma.

Si bien el acuerdo parece positivo, el propio Iglesias ha compartido que habría hecho más dinero por cuenta independiente que por medio de Substack Pro. Estima que el año lo concluirá con 380 mil dólares, producto de los 250 mil dólares que aceptó como anticipo y del equivalente al 15% de las suscripciones, lo que contrasta con los cerca de 775 mil dólares que habría hecho si hubiera optado por el esquema tradicional con los 9 mil 800 suscriptores que ha conseguido.

¿Deben los creadores aceptar este tipo de inversiones en ellos? En este caso las reglas estaban establecidas. El acuerdo no es distinto a los que marca una editorial ante la realización de un libro, en la que el autor se compromete a entregar un producto de determinadas características en cierta fecha.

Lo que complica la ecuación tanto para el creador como para quien invierte en él es que digital es un ecosistema vivo, que requiere actualizaciones e iteraciones constantes, y en el que puede haber múltiples formas de evadir un acuerdo, ya sea bajo el mismo formato o bajo otro que emerja pero que pueda valerse del mismo contenido. Es posible, por ejemplo, que el contenido que sirve en un newsletter pueda funcionar en modo podcast ya sin el acuerdo establecido.

-Los riesgos y beneficios del esquema de anticipo: a los creadores de contenido les puede ocurrir lo que a cualquiera que se enfrenta a una remuneración económica extraordinaria. Con las debidas proporciones, un futbolista es capaz de dilapidar su fortuna sin que haya ingreso alguno que lo impida. Entre más dinero recibe, más gasta. Lo mismo podría ocurrir con un creador que se compromete a realizar determinado producto durante un tiempo específico pero que no acompaña ese trabajo a mediano plazo del cuidado al ingreso percibido por adelantado.

La posibilidad de éxito depende de las motivaciones del creador de contenido. Ahí las opciones son tan diversas que es posible invertir en una persona que en realidad está satisfecha con la publicación esporádica de contenido que le termina creando una audiencia aunque no por fuerza le represente el acceso a un estilo de vida mayor. Otra podría no sentirse atraída por la necesidad de elevar la calidad de su contenido dado que no ha requerido de ello para alcanzar el éxito numérico y económico.

Además, los compromisos a largo plazo implican asumir que una persona se mantendrá interesada en crear determinado producto, lo que no puede garantizarse ante la inquietud habitual de las mentes creativas, muchas veces tan dispuestos al cambio que son capaces de abandonar aquello que parece un camino lógico a seguir.

-Inyección de capital: un creador de contenido en vías de desarrollo para masificarse podrá estar en condiciones de realizar cierto tipo de historias, pero será habitual que no disponga de los recursos o espacios suficientes para capitalizar al máximo su capacidad. ¿Qué pasaría si hubiera un espacio que te entrega instalaciones, estrategas y asesoría a cambio de un porcentaje de lo que generes por los próximos años? Queda claro que no se puede comprar la vida de una persona. Y es ahí dónde entran interrogantes respecto al modo en que puede o no invertirse en un creador de contenidos sin dejar lagunas que se acomoden a placer para el creador, que siempre podrá argumentar que tal o cual obra acordada no es la misma que decidió hacer por su cuenta y en otra plataforma.

El problema, si lo pensamos, es semejante al de Mark Zuckerberg cuando los gemelos Winklevoss le pidieron desarrollar Harvard Connect y éste. en vez de poner manos a la obra, optó por replicar muchas de sus funcionalidades para terminar lanzando Facebook con los estudiantes de Harvard como su primera audiencia.

-Blockchain y el mundo virtual como oportunidades: si hoy resulta complejo pisar terreno seguro en la elaboración de este tipo de acuerdos, que como muestra encuentra los grandes conflictos de networks frente a la definición de quién posee los derechos de marca y de los contenidos en sí mismos, la consolidación de blockchain y el consiguiente desarrollo de smart contracts por medio de NFTs y organizaciones autónomas descentralizadas incrementan la posibilidad de elaborar convenios que no permitan la manipulación de ninguna de las dos partes.

Dado que cada acción quedará consignada y dado que los contratos se ejecutan de forma automática, sin participación humana, podrían sentarse las bases necesarias para que determinado inversionista pueda en verdad ser dueño de parte de la vida creativa de una persona, con todo lo bueno y lo malo que ello representa.

A este hecho, hemos de sumar la posibilidad de que los acuerdos se sustenten en nuestra existencia virtual, es decir en nuestro avatar, más que en nuestra persona de carne y hueso. Aunque parezca una idea de ciencia ficción, es cada vez más evidente que a nuestro yo físico y su reflejo en digital por medio de nuestra presencia en redes sociales, sobrevendrá nuestro yo virtual, que tendrá la capacidad de moverse, de hablar, de actuar, de ganar y perder dinero, de jugar y competir, en múltiples ámbitos, y que será él en muchos sentidos el que representará nuestro éxito o fracaso.

-Frente a la comoditización de la tecnología, exclusividad de creadores: las viejas prácticas convertidas en tendencia. Desde la óptica de las plataformas, la igualdad de condiciones en materia de producto, realidad que ha quedado comprobada con la celeridad con que Clubhouse ha sido replicado, ha llevado a las plataformas, en particular a las enfocadas en podcasting y streaming, a buscar acuerdos exclusivos que les garanticen que el mejor talento se quedará con ellas. Antes la funcionalidad era el diferenciador, ahora son los creadores que las utilizan.


¿Es replicable el modelo de la propiedad de futbolistas al mundo de los creadores de contenido?

Parece exagerado, pero es un escenario que hemos de contemplar. Son muchos los casos de empresas que han capacitado por años a personas que en cualquier momento deciden abandonar un proyecto para irse o con un competidor o a emprender por cuenta propia sin que quien lo formó reciba más beneficio que haber contado con sus servicios.

Las empresas son cada vez más prescindibles en el ámbito de la creación de contenidos. Los medios de comunicación, por ejemplo, registran en su mayoría complejidades mayúsculas para retener al talento, ya sea por deficiencias tecnológicas, por falta de alcance, por dificultades económicas o por el simple hecho de que hace tiempo que no son la estrella que más brilla en la industria del contenido.

A modo broma, aunque reconociendo que esa formación suele implicar sueldos bajos, son muchos los medios pequeños y medianos (PYMEDs) que ironizan ante el hecho de que solo hacen de formadores para que otros se terminen llevando al talento una vez que éste ha sido capacitado, justo como ocurre con clubes chicos y medianos ante el embate de los grandes. En ese caso, los equipos disponen de la carta del jugador y de ciertos derechos de formación. Los medios y empresas en general no disponen de nada.

Este punto afecta tanto a organizaciones como a individuos que catapultan la trayectoria de otros; por ejemplo, cuando un youtuber apadrina a otro que ha decidido crear su canal tras hacerse de millones de seguidores por su colaboración con quien ya tenía construida una audiencia.

No es que se pretenda ser dueño de una persona, pero sí que cuando concebimos a los creadores como empresas o productos, representan un activo en el que algunos han invertido sin que existan condiciones de retribución.


Preguntas abiertas:

-¿Hasta dónde debe permitirse ser “dueño” de la vida creativa de una persona?

-¿Qué tipo de asesoría debe darse a los creadores al momento de establecer acuerdos?

-¿Se consolidarán fondos de inversión enfocados en personas más que en ideas de empresas?

-¿Estarían dispuestos a invertir grandes cantidades de dinero en una persona?

-¿Debería haber un derecho de formación en torno a creadores de contenido?