Game of Thrones nos hace mejores

La decepción como parte de la vida. Como una posibilidad que hemos de enfrentar. Y también como un escenario al que le hemos de dar su tiempo y espacio determinado para terminar de encajar sus consecuencias. Game of Thrones nos enseña mucho de la vida. De lo que somos, de lo que deberíamos ser y de lo que deberíamos seguir haciendo. Es un espejo de nuestra sociedad. De nuestras virtudes y de nuestras carencias. Es un reflejo tan crudo que es natural querer verlo solo como una ficción más que como una realidad que, aunque menos espectacular que la de los Seven Kingdoms, ahí está. Estallándonos en la cara y pidiéndonos que la entendamos, la aceptemos y hagamos algo con ella.

Game of Thrones va sembrando lecciones de vida conforme se acerca a su final. Lo hace incluso a partir del error. O de las limitaciones. Los aprendizajes surgen tanto de lo que vemos como de lo que no. Que la batalla de Winterfell haya decepcionado a muchos era de esperarse a partir de las grandes expectativas. Entre más anhelas y anticipas, más factible es que al final no te guste lo que encuentres. Nuestros ojos, que no son los de los realizadores, pensaban solo en ese episodio y no en lo que vendría. Queríamos la muerte de personajes principales. Queríamos sangre. Queríamos traición. Queríamos que el mundo de ficción fuera en verdad un infierno. No importaba, aunque sí que lo criticaríamos llegado el momento, que no hubiera quedado nada ni nadie para el verdadero final. Este domingo de vivos contra muertos exigíamos lo que nos prometieron. El marketing hizo lo suyo. También nuestro cerebro. Y cuando así pasa, hemos de reconocer que la decepción sube como posibilidad. Pasa en las finales de Copa del Mundo, pasa en el show del medio tiempo del Súper Bowl, pasa en las relaciones que idealizamos tanto solo para sentir meses después los efectos del fracaso y pasa en las últimas temporadas de todas las series que trascienden tanto como para convertirse en fenómenos sociales.

El final de Game of Thrones, sea satisfactorio o no para las mayorías, nos debe llenar de nostalgia. Sí por los personajes a los que hemos visto por los últimos 8 años. Pero sobre todo porque muchos pronostican que será el último fenómeno televisivo que nos reúna cada semana en una hora y día específico para comentar lo que ahí ocurre. En otras palabras, lo que nos queda de capacidad de demora está por extinguirse.

A Game of Thrones no puede clasificársele como un producto de nueva generación. No al menos en su forma de llegar a las audiencias. No es un producto original de Netflix o Amazon, de donde hoy surgen las tendencias. No se publica toda la temporada al mismo tiempo, en oposición a la ansiedad consumista que padecemos. No ofrece, por fragilidades de su plataforma tecnológica, la mejor calidad de video en el que hasta ahora ha sido el más importante de sus episodios. Y sin embargo lo hemos disfrutado más que cualquier otro producto de los últimos tiempos.

Si hoy nos duele saber que los pingüinos están en peligro de extinción, también debería dolernos lo que se está extinguiendo en nosotros. Esperar, aunque sea siguiendo con nuestras vidas hasta que llega el día en que nos toca sentarnos de nuevo a ver la televisión, es en cierto modo una manera de rendir homenaje a lo que pensamos que vale la pena. Hablar a media semana de lo que pasó en el episodio del domingo es una forma de compartir, procesar e interiorizar lo que hemos visto. Netflix nos da una sensación de poder al permitirnos elegir ver cuanto queramos y a la hora que queramos. HBO, más por rezago que por convicción, nos devuelve a esos tiempos en que las audiencias, como los creativos tendrían que hacer con su arte, amaban el proceso. Y amar el proceso es saber que la espera o la capacidad que tengamos para manejarla ha sido siempre, o cuando menos así había sido hasta que la ansiedad de la inmediatez se apoderó de nosotros, parte fundamental de nuestra realización.

Esperar no está mal. Dar tiempo a las ideas, a los proyectos y hasta a las series de televisión es más valioso de lo que pensamos. De Game of Thrones, por el simple hecho de haberla vivido en distintos tiempos, el del consumo dominical y el del análisis y chismorreo a media semana, recordaremos más detalles, frustraciones y alegrías que de las series que consumimos en un solo día, sin reflexión, movidos por la voracidad más que por el goce. Así es el buen consumo. Así es el buen aprendizaje. Así es el arte. Y así tendría que ser la vida. Aunque nos decepcione como la batalla de Winterfell. Y aunque lo que tanto deseamos no resulte como esperamos.

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